sábado, 19 de abril de 2008

Salta y Jujuy a tiro de cascote


En Salta tomamos un tour que nos llevó a recorrer Salina Grande, Santa Rosa de Tastil, San Antonio de los Cobres y terminamos en Purmamarca (Jujuy). Homero era nuestro guia, y fuimos en una camionetita tipo Kangoo con una pareja de porteños que trabajaban para Caterpillar, y que se emocionaban cuando veían una máquina en el camino. EL tour comenzó temprano, alrededor de las 7am, y fuimos bordeando y cruzando partes del trayecto que hace el Tren a las Nubes (que volverá a funcionar probablemente a mediados de este año).

Entre sueños y curvas, muchas curvas, llegamos a un pueblito (si es que así se lo puede llamar) llamado Santa Rosa de Tastil. Hacemos esta aclaración porque realmente es una o dos cuadras, al lado de la ruta. Solamente un par de casitas, un bar y un baño. Por supuesto que hay una iglesia, en la que se celebra misa una vez por año: El día de Santa Rosa. Auto nuevamente, sueño, curvas y altura. Todo eso nos llevó a un pueblito minero en medio de la montaña (y de la nada) que se llama San Antonio de los Cobres. Es un pueblo un poco más grande, digamos unas 6 o 7 manzanas. Y mucha, pero mucha tierra (algo que nos acompaña hasta ahora, en Bolivia).

En San Antonio frenamos un rato para comprar algo de comer, y aprovechamos para caminar y charlar con los chicos del lugar, que jugaban en la plaza del pueblo. Por cierto, si tienen ropa para donar, es una muy buena idea mandarla allá. Tal vez es más caro que llevarla a Caritas o a la iglesia de barrio, pero realmente hace mucha falta. El viaje siguió y llegamos a Salina Grande, que obviamente es una Salina (un desierto blanco, de sal, donde hay gente que trabaja sacando sal a través de unos piletones y 6 meses de espera). No hay mucho que decir de esto, más que es impresionante. El silencio, el viento, el reflejo... Y la gente que vive en los pueblos cercanos y trabaja la sal, siempre con anteojos de sol y la cara protegida por un rompevientos).

Una vez más en el auto, rumbo a Purmamarca, donde terminó el tour y nos quedamos a dormir. Un destino infaltable en cualquier viaje por el Norte Argentino, para estar un día y una noche. Es un increíble pueblo a los pies del Cerro de los Siete Colores, que no debe tener más de 6 o 7 manzanas de grande, y que casi todas las calles dan a la plaza, donde se pueden comprar artesanías, o sentarse a descansar y disfrutar de la paz del lugar. Por la noche, la gente que hay se junta a comer y a escuchar a algún cantante o grupo musical. El Cerro es increíble, y parece hecho de arena (si se lo golpea, parece desmoronarse de a poquito). Idealmente, habría que verlo en un día de sol, para apreciar bien sus colores... no fue nuestro caso, pero igualmente es espectacular.

Nuevo día, pasaje en mano para Humahuaca. En el trayecto, a través de la Quebrada, se ve mucha pobreza. Digna pobreza, no miseria. Casas de adobo, techos de chapa con piedras para que no se vuelen, y mucho, pero mucho frío. Pasamos por Tilcara, pero ya habíamos decidido no frenar. Queríamos ir directo a Humahuaca. Una vez en Humahuaca, todo cambió. Hasta el clima (nos habíamos despertado y viajado con el cielo nublado, y Humahuaca nos recibió con un sol pleno). El pueblo, como pudimos ver al subir a un mirador, se divide en dos partes: Una parte antigua y apasionante, y la parte donde viven todos, que es muy humilde.

Aprovechamos que había varios tours para escuchar lo que estaban explicando, y después nos lo repitió Nico, un chico de unos 10 años que quería ser guía cuando fuese grande. Así nos enteramos de los 103 peldaños del monumento a los Héroes de la Independencia, de los gauchos de Güemes y los del Norte, las estrofas que no fueron incluidas en el Himno Nacional, y otras cosas.
Almorzamos en un comedor muy barato y muy bueno, y después fuimos al mirador del que ya les conté.

Terminamos en la escalera al monumento, sentados y escribiendo y sacando fotos. Hasta que aparecieron dos perros iguales, uno macho y una hembra. El macho tenía la mano destruida, y andaba a los saltitos de acá para allá. Venían con una piedra en la boca, que pretendían se las tiremos (si no, ladraban). Jugamos un buen rato, y Axel, un nenito de 4 años, empezó a jugar con nosotros y los perros. Estuvimos bastante tiempo -demasiado, tal vez, porque a la noche estábamos completamente rojos por el sol-, hasta que nos fuimos para la terminal, no sin antes pedirle a Axel que cuide a Victor y a Victoria, el nombre que le dimos a los perros. Rumbo a La Quiaca, el camino es impactante. Cruzamos montañas, desiertos, la nada misma, y un par de pueblos en el medio.
La Quiaca nos recibió de noche, así que buscamos un alojamiento y comimos algo. No vimos mucho, pero lo que vimos no nos gustó. Así que a la mañana siguiente, temprano, nos levantamos y nos fuimos para la frontera con Bolivia.

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