“Cada aspecto de la vida nacional de la vida
está siendo subordinado a la necesidad primordial del partido por retener el
poder. Todas las salvaguardas
constitucionales están siendo arrojadas por la borda y las libertades
individuales están siendo suprimidas implacablemente”.
“No me considero obligado ni legal ni
moralmente a obedecer las leyes hechas por un Parlamento en el cual no tengo
representación”.
“Los intentos por dividir nuestro pueblo en
bandos étnicos, por convertir su rica variedad en un peligro con el que
perforar nuestros corazones, debemos hacerlos fracasar”.
Puede
parecer tendencioso o suspicaz intentar engañar al lector para que saque
conclusiones sobre temas que a uno le gustaría tratar, pero está vez lo considero
oportuno, ya que el recorrido mental que he hecho durante mi reciente visita a
Sudáfrica me ha hecho replantearme algunos dilemas que quizás olvidamos en el
fragor de la batalla. Es para esto que algunos viajamos ¿no? Para encontrarnos
con uno mismo.
Estas
citas iniciales son líneas sacadas de discursos del gran héroe del pueblo sudafricano
Nelson Mandela, que hacen reflexionar sobre la solidaridad internacional. Muchos
de sus textos, podríamos considerarlos anacrónicos, y situarlos en una inmensidad de conflictos
actuales. Quizás sea una sensación que
me he traído, pero no creo que sea el único que haya visitado Sudáfrica y haya
vuelto con ésta. El apartheid te pega un palo del que cuesta recuperarse. Seguramente la mayoría de los que me están
leyendo deben conocer en profundidad las políticas de segregación racial que
sufrió este país durante más de cuarenta años, pero no se puede comparar con
sentirlo in situ. Tal vez sea muy joven, tal vez tuve que estar ahí para ser
realmente consciente, tal vez.
La
implacable Johannesburgo me abdujo con su historia reciente y me hizo entender
que hasta “ayer” había una minoría que podía dominar a una mayoría, pero por
sobre todas las cosas me hizo comprender que esto no es “pasado”. Mientras no luchemos en contra de la injusticia
ni la denunciemos, no sólo será pasado, será presente y además será futuro.
Afortunadamente,
y luego de muchos años de sufrimiento, el activismo contra el apartheid triunfó
y se puso fin a tantos años de perversión fascista, Pero de allí me traje la
pena de que los poderes fácticos siguen bien presentes. La segregación racial
que supuso este proceso ha terminado en el papel, pero deberemos esperar
todavía bastante tiempo para experimentar una verdadera igualdad en Sudáfrica.
Los afrikáners todavía tienen el poder económico y eso se nota. He recorrido
carreteras en el sur del país (dentro se encuentras los viñedos, una de las
zonas más ricas y bonitas) y todavía se pueden ver los carteles de señalización
en su idioma, cuando en realidad existen 11 lenguas oficiales, siendo el ingles
(y no el afrikaans) la más hablada. Pero también sé que el camino para la
reconciliación está abierto, más allá
que las heridas todavía no hayan sanado.
Ahora
bien, todo esto me llevó a una reflexión más importante. Recorriendo el país,
con tiempo para “pensar” lo vi muy claro,
la comunidad internacional está haciendo lo mismo que hizo durante el
apartheid, mirar para otro lado hasta que se hizo insostenible. Entonces ¿qué
pasa con los conflictos que vivimos en la actualidad? ¿Vamos a seguir con esta
pseudopreocupación que intentamos
mostrar como sociedad que al final no se compromete a cambiar la realidad?
Pienso
en el sufrimiento de Mandela, Tambo o Sisulu (entre miles más) y pienso en los presos políticos palestinos, pienso en
los inmigrantes subsaharianos detenidos en los CIE, pienso en Guantánamo,
pienso en los campos de concentración chinos o coreanos. Pero también pienso en
lo fácil que nos acostumbramos a los conflictos. ¿Quién habla ya de
Siria?¿Olvidamos a Libia ya sin Gadafi? Ni hablar del ocupación en Palestina. ¿Nadie
va a remarcar la tolerancia que tenemos a los regímenes dictatoriales hasta que
no “hacen nada malo”? ¿Soy el único que
ve que los tres grandes clubes del futbol español que hoy en día están en todos
los periódicos están patrocinados por empresas públicas de tres dictaduras?
¿Qué nos pasa como sociedad?
En
estos últimos años me he debatido entre la Historia y el Periodismo, pero no
logro separar una de la otra. Eso debemos hacer como sociedad, no podemos
condenar el pasado pero olvidar el presente. No quiero mirar a mis futuros
hijos y decirles que no hice nada para intentar cambiar la realidad que nos
rodea. Simplemente me niego a conformarme con lo que tenemos, quiero algo más,
quiero algo mejor.
Publicado en el blog de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía


